03 maggio 2009

Ser migrante contagiado

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 13 de abril de 2009
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Ya no se aguantó y frente a la portería, frente a los miles de espectadores que habían asistido a ver al espectáculo futbolístico que ni el virus porcino frenó y frente a las cámaras hambrientas de goles, el jugador del equipo tapatío de las Chivas soltó un escupido, un golpe de tos, y descargó su nariz encima de un jugador adversario del equipo chileno al que enfrentaban. En las mismas horas, una ciudadana mexicana que se encontraba en Roma, Italia, tuvo que renunciar a una cita de trabajo que tenía en la capital italiana. Se la habían cancelada.

Es interesantísimo admirar las reacciones del mundo frente a la epidemia porcina desatada desde México. Más allá de las reacciones gubernamentales que buscan, según ellos, contener al contagio, resulta sumamente didáctico observar las reacciones irracionales que acompañan al miedo generado en el mundo. Si algún mérito está teniendo este maléfico virus porcino es precisamente el de habernos enseñado que todos somos iguales. Y todos somos distintos al mismo tiempo. A diferencia del miedo generado por la violencia del narcotráfico –aquí en México– o del miedo generado en contra de los migrantes –allá en Europa– el temor que se ha generado en estos días en el país y en el mundo es tan transversal como lo es la posibilidad del contagio. Nadie está a salvo, todos podemos ser víctimas. Y así las cosas, si en la capital mexicana crecen la sospecha mutua, el temor ajeno, el miedo recíproco, la desconfianza bilateral, en el mundo comienzan a mirar hacia México como a un país de infestados, portadores del nuevo mal, pecadores castigados por quien sabe cual dios justiciero. Si la actuación gubernamental es puesta en entredicho por los medios de comunicación extranjeros, la reacción popular parece ser la condena de todo un pueblo. Los mexicanos ya somos los contagiados y hoy asomarse, en calidad de ciudadano de este país, en otras tierras implica recibir lo que se les reserva a diario a los migrantes.

En la Unión Europea, como en Estados Unidos, las facciones políticas y sociales más racistas siempre han utilizado, entre otros, el argumento que supone que los migrantes, sobre todo si tienen otro color de piel, si hablan un idioma tan diferente, hasta si huelen distinto, son portadores de enfermedades desconocidas, enfermedades atávicas, ya debeladas en los países receptores, peligrosas epidemias de quién sabe qué. El mismo enfoque, no hay que negarlo, se reproduce en este país hacia otras categorías sociales, como los son, por ejemplo, las poblaciones indígenas. Ahora, al contrario, este virus, que tenía que proceder desde un puerco para que nos acordáramos de nuestra intermitente naturaleza, nos puso a todos los mexicanos en el mismo barco: estamos contagiados y por esto mejor mantenernos alejados.

Las medidas restrictivas hacia México adoptadas por distintos países en el mundo hablan claro en este sentido. Hay quienes cierran vuelos procedentes de estas tierras. Hay quienes ya no importan cerdos desde aquí. Y hay quienes que, como lo hacen la mayoría de los medios de comunicación europeos, aíslan a México. Está claro, por ejemplo, que muchos medios comenzaron a contabilizar a los contagiados solamente cuando éstos aparecieron en Estados Unidos. Mientras aquí parecía que se moría con tal rapidez que nos obligó a encerrarnos a todos, los medios extranjeros casi ni consideraban a nuestros muertos. Tenía que morir una niña de 23 meses –¡claro, mexicana!, subrayaron todos los medios europeos– para que la atención se elevara. La misma petición de que la nueva influenza cambiara de nombre y se llamara mexicana despierta ciertas sospechas acerca de la voluntad de aislar al virus aquí, en México. Poco importa que se siga tratando de salvar del derrumbe a la industria –y no a los pequeños productores– agropecuaria nacional y trasnacional cuyo modelo es una de las principales causas de la epidemia que nos agita.

La frontera norte de nuestro país no se cierra. Por lo pronto. Pero habría que apostarle a que hoy cruzarla, ya sea legalmente, se convertirá en un infierno de miradas cruzadas por encima del hombro del funcionario en turno y bajo las sospechas de cualquier ciudadano que nos agarre en el intento. Y sin embargo, aún desconociendo el número preciso de las muertes por este letal virus porcino, habría que recordarles a los demás países del mundo que aquí en México y allá, desafortunadamente, el contagio es otro. No es el virus porcino, sino el virus de la indiferencia el que nos preocupa. Y muy poca gente está afectada. Los demás seguimos con las buenas costumbres solidarias que nos enseñaron. Ese virus de la indiferencia está matando mucho más que la temida fiebre porcina. Mata cada día a decenas de migrantes que con mucha dignidad buscan mejores opciones de vida en otras tierras.

Así las cosas la esperanza es que la actual influenza porcina nos pueda de una vez enseñar a los mexicanos, entre otras cosas, que somos más iguales de lo que muchos creen. Y que no hay que ser pobre, campesino, indígena, extranjero, moreno o negro para ser discriminado. Será suficiente ser contagiados por el miedo ajeno. Por esto, resulta ser una verdadera lástima que la cumbre en contra del racismo celebrada hace unas semanas en la Unión Europea no haya declarado también que está prohibido discriminar por enfermedad.

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