20 aprile 2008

Bipartidismo a la italiana

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 20 de abril de 2008
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Las recientes elecciones en Italia nos arrojan un resultado esperado. Antes que todo la conformación de un panorama político dividido en dos. Un modelo bipolar que aplastó el vasto abanico de diversidades políticas presente en Italia. El implícito acuerdo transversal entre las dos grandes coaliciones se ha concretado en el común llamado al voto útil, que no ha hecho más que excluir decenas de listas, más o menos grandes, del Parlamento. Y así nos quedamos con un partido en el gobierno, el Pueblo de la Libertad de Silvio Berlusconi, y un partido en la oposición, el Democrático (PD), liderado por Walter Veltroni. Alrededor el desierto y la muerte política que esto conlleva.

Un cambio de tamaño copernicano que cambia definitivamente (¿?) el panorama político italiano. La semejanza que alguien atrevió entre la actual situación parlamentaria italiana y la histórica composición del Congreso estadunidense suena hoy más fiel a la realidad. Sin embargo, más allá de este bipartidismo extraño para un país acostumbrado a la normalidad de al menos una veintena de listas por cada jornada electoral, lo que más llama la atención es la exclusión de un sector importante e histórico de la política peninsular. La desaparición más llamativa es evidentemente la de Izquierda Arcoíris, de Refundación Comunista, Partido Verde y Comunistas Italianos, que convocó menos de la mitad de los votos que los tres partidos habían logrado en anteriores elecciones. Una exclusión que lejos de provocar sorpresa deja cierto sabor amargo, que arriesga convertirse en franco miedo toda vez que pensamos que aun quienes no estábamos satisfechos con tal representación corremos hoy el serio riesgo de imitar hasta la última consecuencia el modelo estadunidense. Esto es, tener excluida de su propia representación a millones de italianos. De hecho, mal o bien, Refundación Comunista y sus aliados eran los únicos que con cierta profundidad tocaban temas esenciales hoy en la sociedad italiana: precariado, migración y guerra. Y aunque en éstos y otros espacios siempre hemos criticado incoherencias y contradicciones entre el discurso y la práctica parlamentaria de estos partidos, antes en la oposición y en los últimos dos años en el gobierno, hoy corremos el riesgo concreto de tener interlocutores aún más alejados de las realidades mencionadas. La izquierda que aún se llamaba comunismo –al menos en su nombre o símbolo–, hoy queda afuera por primera vez en la historia republicana del máximo espacio de la democracia formal en Italia. Y regresa –como en los tiempos del fascismo– a ser una fuerza extraparlamentaria, de oposición pero afuera de los cauces que históricamente había escogido, los de la representación burguesa. Un cambio paradigmático.

¿Cuáles las causas? Por lo pronto, a reserva de observar la evolución de la crisis, cabe mencionar al menos dos. La primera externa, y es la profunda operación política que el líder del PD ha planeado y llevado a cabo, con la complicidad –y quizás el acuerdo explícito– de Berlusconi. Operación que ha apuntado a destruir un sector de izquierda que había demostrado no tener cabida en el proyecto reformista del recién nacido PD. Veltroni ha ganado aún perdiendo las elecciones. Aun con el riesgo de caer en las teorías del complot, mucha es la tentación de entrever una paradoja en lo que ocurrió: Veltroni fijó dos objetivos en esta campaña electoral. El segundo ha sido alcanzado plenamente. El primero, vencer a Berlusconi, no se logró. Y parece ser el mal menor. La segunda causa posible de la derrota de la izquierda más radical puede al contrario buscarse y encontrarse en las filas de la misma coalición y de cada uno de sus integrantes. Esta izquierda ha demostrado en casi dos años de presencia en el gobierno ser incapaz de defender su propio programa sucumbiendo frente a las imposiciones neoliberales del resto de la coalición. Una postura que al fin y al cabo le ha costado su propia supervivencia política. Una postura que preferimos pensar ha sido fruto de la ingenuidad y la falta de liderazgo porque no queremos, hoy no, ceder a la tentación de pensar que la izquierda no supo ser de de izquierda simplemente por no quererlo ser prefiriendo a esto los acuerdos y compromisos.

¿Cuáles las consecuencias posibles? Difícil decirlo. Berlusconi tiene mayoría abrumadora que desde hace décadas no se observaba tan estable y aparentemente inquebrantable. El próximo primer ministro no tiene atadura alguna tras la cual escudarse. como lo hizo en el pasado. El PD logró configurarse como la primera –y prácticamente única– fuerza de oposición. Esto le permitirá dentro de cinco años –en el peor de los casos– concurrir como único adversario en las próximas elecciones, gozando de la poco representativa pero muy eficaz alternancia en el poder. El ciclo se concluye y el bipartidismo anglosajón se impone también en la cuna del sistema proporcional italiano. Cabe preguntar si nos encaminamos hacia el presidencialismo.

La izquierda enfrenta hoy su más profunda crisis después de la caída del muro de Berlín. Lo cierto es que ahora esta izquierda, que durante los últimos dos años ha despreciado el diálogo con el movimiento social, tiene hoy el reto de regresar al diálogo con éste. Pero esta vez desde la debilidad de su fracaso electoral.

01 aprile 2008

Ser migrante

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 1 de abril de 2008
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Al escribir la palabra migrante, la mayoría de los programas de edición de texto de los ordenadores modernos marcan error. El corrector correspondiente explica que existe la palabra inmigrado o emigrante. Al mismo tiempo, en el Diccionario de la lengua española editado por la Real Academia Española, la palabra migrante aparece tan sólo como un avance de la vigésima tercera edición. Esta ausencia de la palabra migrante del cuadro semántico oficial no es una casualidad.

Migrante es el participio presente del verbo migrar. Y en cuanto tal, contempla la acción misma del migrar, la acción presente y no acabada de moverse de un territorio a otro. El mismo verbo migrar no se contempla como tal, sino solamente en sus acepciones de inmigrar y emigrar. ¿Límites de un idioma? Quizás, o tan sólo límites de un lenguaje que aún no es capaz o no quiere ser capaz de explicar –y reconocer– un fenómeno real: el del migrante.

Ser migrante hoy significa muchas cosas y daría espacio a libros enteros para que podamos apenas acercarnos a entender qué es un migrante hoy. Lo cierto es que aceptando el uso del participio presente, damos por ciertas algunas facetas. La primera, que indicamos más arriba, es reconocer que el migrante hoy es una persona, un ser humano, que se mueve y que nunca, o casi, para. Se mueve de un país a otro, de un territorio a otro y nunca llega. El migrante hoy es una persona sin nacionalidad de la cual, si bien podemos ubicar un origen, difícilmente podemos ubicar un destino. O más bien dicho, sólo podemos ubicar como su destino moverse, viajar, explorar, conocer y muy raras veces ser entendido. El migrante hoy encuentra complicado reconocer una nacionalidad propia, porque si bien es cierto que tiene la tendencia a reconocer la nacionalidad de origen, es cierto también que adquiere, lo desee o no, mucho de la nacionalidad que lo hospeda, aunque sea temporalmente. Formas de ser y de pensar, formas de relacionarse y visiones distintas son las características hoy de los ciudadanos migrantes.

Se decía por ahí que el migrante es por definición un rebelde. Eso es cierto, como lo es el hecho de que el migrante es también una persona en fuga. Al irse de su país, por las variadas razones que lo empujen –desde la tragedia de una guerra hasta el simple deseo de conocer otras regiones, pasando por carestías o necesidades económicas, pero también por crisis existenciales o simple ingenuidad–, el migrante cumple un deseo quizás inconsciente de rebelión. La rebelión encuentra su razón en la voluntad, explícita o menos, del migrante de desobedecer las reglas, muchas no escritas, que lo condenan a la vida que está dejando: sea ésa una vida de pobreza y falta de oportunidades, o una vida en guerra, o una vida condenada a la monotonía de una sociedad sin porqués ni perspectivas. Pero al mismo tiempo, irse representa una especie de rendición frente a una realidad contra la cual no se pudo. Una rendición que puede ser vista así quizás sólo en términos académicos, pues en ocasiones irse, escapar y abandonar un hogar es la única solución frente a un peligro concreto. Sin embargo, puede que a lo largo del tiempo y con la fría calma de la paz alcanzada en otro lado, esa rendición regrese a cobrar culpa o, más sencillamente, pura satisfacción.

Se dirá que no son migrantes todos los que dejan su país para viajar a otro y ahí establecerse. Se dirá que muchos son migrantes temporales, pues viajan un tiempo, el necesario para hacerse de un capital, y regresan. Y se dirá también que otros van para nunca volver. Los dos, se opinará, no son migrantes entendidos con ese participio presente que los hace ser activos, siempre. Quizás así sea; sin embargo, hay dos cosas por decir al respecto: la primera, que el migrante que va y viene creemos que nunca dejará de ir, aunque sea con sus sueños y recuerdos, y siempre tendrá en su memoria una experiencia única que es la de confrontarse y apostar sobre uno mismo. Si el hombre es conservador por naturaleza, por no querer arriesgar aunque sea lo poco que tiene, el migrante ya alcanzó el punto de no retorno y ya sabrá qué significa jugar con el destino y la propia suerte. La segunda es que, aunque un migrante decida finalmente quedarse en tierra ajena y establecer ahí una familia y una vida propia, lo cierto es que nunca dejará de migrar de regreso. Ese regreso, si no será físico, será seguramente virtual y consistirá en la búsqueda constante de información y noticias acerca del propio país de origen. Un migrante ya no será de su propia nacionalidad, pero tampoco dejará de serlo.

Es por eso que un migrante es hoy algo extraordinario. No mejor o peor, nada más distinto. Algo que ni siquiera las lenguas pueden contemplar. Algo que tampoco los gobiernos han podido entender. Algo que en tendencia aporta más riqueza de la que se lleva aún sin saberlo. Seres humanos que antes de ser personas que se desplazan en el territorio son ciudadanos que estuvieron y están dispuestos a apostar sobre algo mejor para sí. Y, para jugar hasta al fondo su apuesta, enfrentan lo desconocido. Actitudes que pueden ser muy positivas y que pueden salvarnos del mundo globalizado pero cerrado que nos quieren vender. No el sujeto revolucionario sobre el cual apostar los cambios radicales que muchos añoran, sino el sujeto en el que hay que convertirse para dejar de decirnos de un país y reconocernos ciudadanos del mundo, como se decía hace muchos años. Porque, finalmente, todos somos migrantes.

 
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