07 agosto 2005

De la línea del fuego a la resistencia

El presente articulo fue publicado en La Jornada, en el suplemento Masiosare.
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Jeremy Hinzman era parte del cuerpo de elite del ejército estadunidense, la 82 división aerotransportada con sede en Fort Bragg, Carolina del Norte. En 2001, después de los ataques del 11 de septiembre, lo asignaron en Afganistán, donde cubrió tareas secundarias. Así lo pidió y así le fueron asignadas: "El ejército está compuesto en su mayoría por personas que piensan sólo en salir adelante con su familia. El ejército lo sabe y por eso lo negocia. A cambio de tu inocencia, te proporciona el más 'socialista' de los ambientes, todo te subsidia. Pero enlistarse en el ejército no significa renunciar a tus cualidades morales e intelectuales".
Brandon Hughey
Luego de un tiempo, el Pentágono ordenó su transferencia a Irak y desde un inicio Jeremy solicitó que le asignaran las mismas labores como cocinero de campo; sin embargo fue enviado al frente en Bagdad.
Cuando regresó a Estados Unidos, Hinzman escapó junto con su esposa y su hijo a Canadá y pidió la protección del gobierno. El 2 de enero de 2004 cruzaron la frontera en calidad de turistas. Desde entonces Jeremy es un war resister, un desertor.
"Objeté la guerra porque era evidente que Irak no poseía armas de destrucción masiva; por la explotación del miedo generado en EU a través de las absurdas afirmaciones de Bush de que el régimen de Hussein estaba ligado con un grupo terrorista; y por la risible y falsa idea de que EU está exportando democracia".
La historia de Brandon Hughey es distinta. Siendo aún menor de edad ingresó al ejército y durante su estancia se gestó su rechazo a la guerra ilegal. Optó por dejar las armas después de conseguir su título universitario, pero sus oficiales le negaron el permiso y lo asignaron a Irak. Brandon escapó a Toronto, y desde marzo de 2004 espera una resolución de la Corte.
Otro caso es el de Dan Felushko. Cuando su división tuvo que ir a Kuwait en enero de 2003, decidió escapar y buscar refugio en Canadá. "No quería ver escrito en mi tumba: muerto engañado en Irak", admite. "Desde que me enlisté, pocas semanas después del 11 de septiembre, fui adiestrado y preparado, pero desde un principio supe que era un error ir allá y matar a alguien o morir". Pensé: "¿Hay algo más importante que mi derecho de escoger entre lo que yo considero justo o equivocado?"
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Muchos jóvenes estadunidenses se enrolan en el ejército por necesidad económica. Son muchachos, según ellos mismos, "de clase media baja" y en la milicia han encontrado la manera de "acabar los estudios sin tener que endeudarnos por el resto de nuestra vidas o llevar adelante a nuestras familias". Esta es la situación de Brandon Hughey y muchos de sus colegas.
Según Lee Zaslofsky ­de War Resisters Support Campaign, el más importante grupo de apoyo a los resisters en Canadá­ "estos chicos son apantallados por las ofertas del ejército, que no se presenta como una opción militar, sino como una gran oportunidad de construir una vida en una institución que llena los huecos de la sociedad estadunidense. Son muchachos sin orientación política, que vienen de las zonas rurales y en ocasiones les resulta difícil adaptarse a la metrópoli".
Hinzman y su hijo Liam
En Toronto encuentran asilo hasta que un juez decide su destino. Se arriesgan a ser castigados, y viven al mismo tiempo un ambiente de tensión, de recuerdos que a muchos les impiden dormir, estar con mucha gente o recordar en secuencia lógica los acontecimientos. Le dicen trastorno de estrés postraumático, que no es otra cosa sino una pesadilla.
El difícil camino jurídico
El 16 de marzo pasado, Brian Goodman, juez del Refugee Board, la corte canadiense encargada de revisar el caso de Jeremy Hinzman, emitió su sentencia. "No se encontró que el demandante necesite protección, porque su regreso a Estados Unidos no lo expone a riesgos para su vida ni a tratos inhumanos y crueles, así como no hay elementos para creer que pueda ser sujeto a tortura. [...]. Con base en dicho análisis, la demanda está rechazada". La batalla apenas comenzó, pues de inmediato hubo apelación.
Jeffrey House, abogado de los resisters, explica su estrategia: "El primer argumento es que ningún soldado está obligado a participar en una guerra que viola leyes internacionales".
House se remonta a las resoluciones de Nuremberg, cuando en los tribunales fueron juzgados los jerarcas nazis y se fijó el mandato para todo soldado de rechazar órdenes ilegales.
Un hecho importante para el defensor es que la invasión de Irak fue declarada ilegal por el gobierno canadiense. Se pregunta: "¿Por qué el gobierno puede defender su postura con este argumento y el soldado Hinzman no?"
Sin embargo, teme que en estos casos se empiecen a tomar decisiones políticas. Amnistía Internacional ya se pronunció al respecto y dijo que si Jeremy Hinzman es regresado a Estados Unidos va a ser un preso de conciencia. "Eso nos ayuda porque el gobierno de Canadá no quiere manchar su reputación", abunda.
Al mismo tiempo, el gobierno canadiense no quiere sentar precedentes para otros desertores. "Será una lucha de larga duración porque ellos han decidido permanecer aquí sin que esto signifique una invitación para otros muchachos. El gobierno de Canadá puede decirle al de Estados Unidos que no se ha dado refugio a nadie, pero al mismo tiempo puede decirle a los canadienses que no se ha deportado a nadie", concluye House.
La deserción, la otra trinchera de la guerra
Semanas después de la sentencia adversa, en Internet se crearon páginas con información necesaria para llegar a Canadá y volverse un war resister. La línea telefónica de GI Rights Hotline, que también cuenta con su sitio web, orienta sobre el alojamiento y la manera de emprender el camino legal para adquirir el status de refugiado.
Hasta ahora, el Pentágono admite la existencia de casi seis mil AOW (ausentes de guerra, por sus iniciales en inglés), pero nadie sabe con exactitud cuántos están escondidos en Estados Unidos y cuántos han llegado a Canadá.
Integrantes de War Resisters Support Campaign confirman la presencia en Toronto de al menos 75 desertores. Quince de ellos, hasta ahora, han pedido refugio al gobierno canadiense. "Quince soldados es el número de una escuadra, comenta Lee Zaslofsky, que en lugar de estar en Bagdad está aquí. Es nuestra manera, poco ideológica y muy práctica, de estar en contra de esta guerra. Le quitamos recursos humanos al Pentágono. Hay una escuadra aquí sobre la cual Bush ya no dispone".

 
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