12 luglio 2009

Luciano Valentinotti, un partisano en México

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 12 de julio de 2009
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Su rostro está marcado por el tiempo. Lo atraviesan surcos en la frente. Son las huellas del tiempo pasado, a sus ochenta años, entre la vida que le tocó y la felicidad de haberla vivida con intensidad. Así es, y sus ojos pintados de azul intenso, como el cielo del verano en el que nació, por abajo de sus espesas cejas, clavan la mirada en el interlocutor con singular y penetrante intensidad. “Miro a los demás y trato de revelar la sinceridad del otro”, afirma. Él es Luciano Valentinotti.

Bromea y juega mientras platicamos de su vida. No tiene otra forma de estar en medio de la gente, no puede mostrar tristeza, cansancio o desencanto. Aunque las razones para ello sobrarían. Nacido en la ciudad de Fiume el 9 de julio de 1929, Valentinotti acaba de cumplir, el 6 de enero pasado, cuarenta y tres años de haber llegado a tierra mexicana. “Llegué por un amigo mexicano que conocí en la carrera de escenografía en la Academia de Brera”, explica. Al concluir la carrera en la prestigiada Academia de las Bellas Artes en Milán en 1952, en la que tuvo como maestros a Marino Marini, Aldo Carpi y otros importantes “maestros de arte mas también de vida”, Luciano se encuentra trabajando como maestro de Historia del arte en algunas escuelas preparatorias hasta el día en el que el gobierno, en el contexto de una “depuración política”, le quita el puesto. Terminará trabajando en una agencia de publicidad. Sin esconder cierto orgullo, explica que en una ocasión tuvo una plática con el dueño de la agencia acerca de política. Al declarar su filiación, “al dueño se le cayó la pluma y yo, al día siguiente, ya estaba buscando otro trabajo”. Y así los años siguieron hasta 1960, año en el cual contrae matrimonio con su actual compañera, Mara. Son años difíciles aquellos. La situación política en Italia no permite ser lo que uno quiere ser. A pesar de conseguir trabajo como publicitario para la prestigiada marca automovilística Alfa Romeo, la situación se viene abajo cuando Valentinotti descubre que su pasado y sus creencias siguen teniendo un peso ineludible en la búsqueda de la tranquilidad económica. Y así, el 6 de enero de 1966 decide subirse a un avión dirigido a México. “Vente, Luciano”, le decía su amigo mexicano conocido durante los estudios. “Me recibió al aeropuerto de Ciudad de México con todo y mariachi”, cuenta no sin nostalgia. Poco menos de un año después lo alcanzaba Mara, su esposa, desde aquel entonces su colega, su administradora, su amiga, su compañera, su más firme aficionada.

“Soy de izquierda, le dije al dueño de la agencia publicitaria, y me despidieron”, cuenta Luciano. Una filiación política delicada, por no decir difícil, en esos años en los que el país, Italia, trataba de reponerse de la guerra a la cual los había llevado el régimen fascista. Una guerra que había acabado como tenía que acabar, es decir, con la derrota del régimen de Mussolini y con el establecimiento de la República el 2 de junio de 1946, preferida en un referéndum popular a la monarquía, culpable de haber permitido la dictadura fascista. Es importante subrayar que la conquista del régimen republicano y, por ende, de la Constitución democrática de 1948, no se dio por el repentino despertar de la sociedad italiana, sino por el esfuerzo y el sacrificio de miles que se empeñaron en liberar al país del régimen fascista y de la ocupación nazi de los últimos años de guerra. Una historia que marca un punto de partida nuevo en la historia italiana. También en la de Luciano Valentinotti.

“Soy italiano, aunque me sienta más de Fiume”, reivindica el hoy miembro activo de la comunidad italiana en México. En su pasaporte aparece la ciudad de nacimiento pero no la nacionalidad. La ausencia del país de pertenencia se explica a la luz de los eventos que involucraron a la hoy ciudad croata y a sus habitantes. Situada en una región, la Istria , históricamente bajo la influencia eslava pero con una fuerte presencia italiana, la ciudad de Rijeka (el nombre croata de Fiume) pasó de ser un puerto cualquiera de la costa de la Dalmacia a ser un importante centro cultural, político y productivo italiano cuando el gobierno de Roma, gracias también a la “conquista” realizada por el excéntrico poeta Gabriele D'Annunzio, la obtuvo como resultado de los tratados de paz de París a finales de la primera guerra mundial. Al llegar el régimen de Mussolini a la italianizada Fiume, la ciudad sufre importantes transformaciones en lo económico y cultural: no sólo se construyen los astilleros más importantes de la región, sino que la policía del régimen reprime cualquier expresión política y cultural no italiana. Un ejemplo destaca: la “italianización” de los apellidos de origen eslavo y la prohibición de hablar otro idioma que no fuera el italiano, inclusive en los domicilios particulares. Es en este contexto que la familia Valentinotti, que originalmente vivía en Levico, en el norte de Italia, llega en 1922 a Fiume. La mudanza no fue casual. El padre de Luciano, Giuseppe, era militante del partido prohibido por el fascismo y tuvo que escapar del régimen. Hasta 1943, Luciano vive con sus hermanas en la casa en Fiume y se desarrolla gracias a los esfuerzos de la madre, Elena, que se dedica a toda actividad posible: lava, plancha, limpia pisos. La vida bajo la dictadura no era fácil, menos para los parientes de los militantes políticos comunistas. El maltrato, la discriminación, la exclusión, fueron la cotidianidad de su infancia. Durante la guerra, la familia de Luciano debe además sufrir el trato diferenciado en la repartición de la comida y de los bienes de primera necesidad, ya limitados para toda la población.

Finalmente llega el 8 de septiembre de 1943, fecha fundamental en la historia italiana por el cambio de rumbo que tuvo la guerra. Fundamental también para Luciano. Ese día, cuando la derrota militar estaba ya anunciada, sin más aclaraciones ni indicaciones ni órdenes para las tropas que aún peleaban al lado de los alemanes, el gobierno italiano anuncia por radio la firma del armisticio con los aliados: quien era enemigo ahora es aliado, y quien era aliado se vuelve enemigo. El júbilo que se apoderó de la población por lo que se percibía como el fin de la guerra que tantas privaciones había impuesto, sobre todo a los civiles, fue rápidamente sustituido por el miedo: la guerra no había acabado y los alemanes habrían tomado venganza. Sin órdenes precisas, las tropas italianas tuvieron que tomar decisiones de manera autónoma: quienes decidieron seguir peleando junto a los nazis; quienes decidieron escaparse y regresar a Italia, con sus familias; quienes no decidieron a tiempo y fueron sacrificados por los nazis o deportados a los campos de concentración; quienes, finalmente, optaron por unirse a las fuerzas de liberación.

La ciudad de Fiume y toda la región tuvo una historia particular en esos meses de 1943. En un clima de expectación enorme, los miembros de la resistencia yugoslava e italiana (los llamados partisanos), igualmente presentes en el territorio, trataron de gobernar la situación instaurando gobiernos democráticos provisionales. El siguiente régimen de ocupación que aplicó el ejército nazi en la región tuvo las obvias consecuencias en término de vidas humanas sacrificadas al odio generado no sólo en contra de los eslavos presentes, sino también de los italianos ahora considerados como traidores. La historia es conocida y habla de una “armada roja” encabezada por el yugoslavo Josip Broz Tito, que liberará a todo el territorio yugoslavo hasta llegar a Trieste, ciudad en la frontera del hoy territorio italiano. Una conquista que la mayoría pinta con rasgos heroicos, pero que causó el éxodo de cientos de miles de ciudadanos italianos que al régimen comunista de Tito prefirieron las facilidades que los gobiernos aliados otorgaron a los prófugos.

Luciano Valentinotti, en ese entonces un muchacho de apenas catorce años de edad, tuvo que decidir. Y mientras Elena, su madre, “ayudaba a los soldados italianos a escaparse, proporcionando ropa de civiles, salvando a muchos” y pagando las consecuencias represivas de los nazis, él fue llevado, junto a sus contemporáneos, a los campos de trabajo. “Nos hacían cavar trincheras”, cuenta. Un día de diciembre de ese año, “enterado de que muchos de mis compañeros desaparecían”, Luciano toma su decisión: escapar del cautiverio al que lo obligaban los nazis e irse a buscar a los partisanos. “No sabía exactamente a dónde ir, pero había rumores –cuenta– y me fui caminando, hacia la montaña.” Al cabo de pocos días se une a los partisanos yugoslavos: “Éramos alrededor de quince personas –y cuenta–. Caminamos miles de kilómetros, hicimos sabotajes a las tropas nazis, escapamos y perseguíamos. Me llamaban el ‘pequeño compañero', más que todo por la escasa estatura –un metro con 45 centímetros– que había hecho llorar a mi mamá en distintas ocasiones.” Se le obscurece la mirada cuando cuenta de su primer disparo; sin embargo, se le ilumina el rostro al describir la gran solidaridad con la que vivió durante el año y medio que estuvo peleando en la montaña. Y la emoción lo conquista al recordar ese mes de mayo de 1945, cuando los partisanos, incluyendo a su grupo, entraron como liberadores en su ciudad, en esa Fiume que los acogió como héroes.

Terminada la guerra, Luciano tiene que tomar otra decisión importante que marcará, una vez más, su futuro: quedarse en territorio yugoslavo o irse a Italia. Muchos de los que decidieron quedarse sufrieron las consecuencias de una decisión fiel a los principios de la ideología, pero equivocada frente a una realidad y un contexto que no lograba olvidar veinte años de régimen racista italiano en la región. Esa misma realidad que hizo que Tito decidiera expulsar a la mayoría de los italianos presentes, castigar a otros y determinar que Fiume volvía a ser Rijeka, una vez más. Los padres de Luciano decidieron regresar a su tierra natal, Levico, en el norte italiano, perdiendo todas sus pertenencias en Fiume. Luciano, en cambio, decide irse a Milán y enfrentar, aún sin saberlo, las consecuencias de su destierro. En Italia, Luciano busca sobrevivir realizando decenas de trabajos distintos; sin embargo, eso no le impide realizar ciertas actividades políticas. Se involucra en la campaña en favor de la República , no sin fugarse de los enfrentamientos, cruentos en ocasiones, que la disputa electoral fue creando. Como otros comunistas procedentes de Yugoslavia, Luciano es discriminado, y no solamente por una sociedad italiana partida en dos, entre el fuerte componente católico y republicano, y el componente más revolucionario afiliado al poderoso Partido Comunista, sino también por los mismos comunistas italianos, prontamente afiliados a la corriente estalinista del comunismo internacional, que justamente en la disputa con Tito había encontrado su primera, importante división. Así las cosas, Luciano es discriminado en Italia por ser comunista, y es visto con sospecha por los comunistas italianos por proceder de tierra yugoslava. Una dialéctica interior que Luciano trata de resolver gracias a la ayuda que los gobiernos aliados otorgaban a los prófugos de Istria. “A principio de 1948 llegué a un campo de refugiados cerca de Nápoles”, cuenta. Ahí fue donde los inspectores de los países dispuestos a hospedar prófugos (Estados Unidos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda) evaluaban a los candidatos “para trabajos de leñadores o mineros”. “Me dijeron que no era apto, pues no tenía callos en las manos”, dice. Regresa, entonces a Milán, en donde decide concluir los estudios interrumpidos por la guerra. Sin embargo, Italia no resultó ser el país para que Luciano se desarrollara plenamente. Fue así que llegó a México, cargado de esperanzas e ilusiones. Dos destierros y un solo destino: nunca dejar de ser lo que es. La fotografía, dos hijos, una mujer abnegada y, desde hace diez años, la pintura, se revelaron como los canales de deshago de esa personalidad viva, solidaria, alegre, esperanzada y esperanzadora, y al mismo tiempo tan sensible al sufrimiento ajeno, que caracteriza a Luciano, ese mismo hombre que, a pesar de admitir que “mi sufrimiento reside en el hecho de haber perdido a casi todos mis amigos”, aún es capaz de decir: “No tengo miedo de morir, he sido afortunado, la vida me ha tratado bien.”

11 luglio 2009

Cambios históricos

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 11 de julio de 2009
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La operación lograda representa un cambio histórico, afirma el ministro de Política Interior de Italia, Roberto Maroni. Rechazar los barcos de migrantes en el Mediterráneo sin que éstos tocaran suelo italiano es finalmente una realidad, abundó. Hace cuatro años, en mayo de 2005, el gobierno recibió de la Comisión de Derechos Humanos de la Unión Europea una condena por las deportaciones realizadas vía aérea hacia Libia. Eran ilegales por dos razones: porque se habían hecho inmediatamente después de la detención de los migrantes, sin averiguar su nacionalidad, procedencia, estatus, etcétera, y porque Libia, no habiendo firmado la Convención sobre Refugiados de 1951, no representaba una garantía para que los deportados tuvieran el derecho de pedir asilo y refugio. Pocas semanas después, en junio, la Corte europea impedía, vía resolución vinculante, la expulsión por el gobierno italiano de 11 ciudadanos tunecinos, por las mismas razones. Y a pesar de los dos episodios, acontecidos justamente cuando en Italia gobernaban el actual primer ministro, Silvio Berlusconi, y su gente, parecen no tener memoria.

En semanas recientes, la armada italiana logró interceptar y salvar a cerca de 500 migrantes perdidos en sus balsas en el Mediterráneo. Sin embargo, sin llevarlos a tierra firme para proveerlos de la debida ayuda alimentaria y médica, sin identificarlos y sin –sobre todo– ofrecerles la posibilidad de pedir refugio, el gobierno italiano logró un acuerdo relámpago con el gobierno del coronel Kadafi, de manera que pocos días después los barcos de la armada italiana pudieron llegar hasta el puerto de Trípoli y dejar ahí a los 500 migrantes. No obstante la lluvia de críticas a este tipo de operaciones que le ha tocado al gobierno italiano en semanas recientes por la Agencia de Refugiados de la ONU (ACNUR), del Consejo de la Unión Europea, del Vaticano –a través de las páginas del Observador Romano–, de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), de la oposición parlamentaria y de buena parte de la sociedad civil italiana, el primer ministro reivindica: “Hicimos lo que teníamos que hacer, dentro de lo marcado por la ley nacional e internacional (sic), y –completando cuanto ha declarado su ministro– es lo que vamos seguir haciendo”.

Como se puede fácilmente observar, el cambio histórico presumido está aún lejos de ser alcanzado. Los verdaderos cambios son otros. El primero debería mirar a modificar la ya vetusta convención mencionada de 1951 (Convención de Ginebra), que, si bien reconoce el derecho al refugio y al asilo político a todo ciudadano, lo concede siempre y cuando la persona interesada pise el territorio de su destino. Esta realidad, como demuestra el gobierno italiano, es fácilmente eludible a través de la externalización de fronteras que la Unión Europea (y Estados Unidos) están aplicando desde hace muchos años. Así las cosas, cuando el gobierno italiano (y cualquier otro europeo) logra evitar que los migrantes toquen suelo itálico, bien puede declarar: La cuestión del asilo político ya no es asunto nuestro, lo tendrá que resolver Libia.

El segundo cambio tiene que ver justamente con Libia y países afines que se prestan al juego sucio de la UE, es decir, detener a los migrantes a cambio de pocas migajas de desarrollo heterodirigido. ¿Cuál el destino de esos migrantes deportados? Cárcel, tortura, deportación en medio del desierto, discriminación, violencia, asesinatos, muerte, son las palabras de los distintos reportes que justamente la UE ha realizado acerca del trato reservado por el gobierno libio a los extranjeros en su territorio.

El tercer cambio va aún más allá. Cuando el actual primer ministro italiano toma la palabra dice: La izquierda dejó la puerta abierta a todos los migrantes ilegales. Nosotros no. Ellos querían una Italia multiétnica (doble sic), nosotros no. La CEI, de la cual no se puede sospechar aspiraciones revolucionarias de signo izquierdista, comenta: El gobierno tiene que entender que Italia ya es un país multiétnico, ése es un hecho; es más, ése es un valor. Y es justamente esta última valoración la que cuenta. Más allá de la evidencia, que sólo un ciego no puede reconocer, de que Italia (y toda la UE) ya es territorio multiétnico, hoy es apremiante para las sociedades europeas meter a valor esa enorme diversidad que la caracteriza. La cerrazón identitaria, empujada por los gobiernos de todos signos hoy existentes en la UE, es uno de los peligros mayores para el futuro del continente.

Finalmente, el último utópico cambio. Como hoy los barcos precarios de los migrantes se ven obligados a cambiar de ruta y regresar allá desde donde procedían, hoy es necesario, ante el posible colapso cultural, mas también económico y político, encontrar la manera para que los gobiernos europeos cambien de ruta y vuelvan sobre sus pasos. La política migratoria ya no puede ser caracterizada por la huella represiva impuesta por las tropas diseminadas a lo ancho y largo de las fronteras de la UE. Al mismo tiempo, una sana política en la materia debe conllevar una eficaz acción cultural, educativa y social que evite ahora –que aún estamos a tiempo (?)– los brotes de racismo en los territorios de todo el continente.

L'A/H1N1 è nata in Spagna

Il presente articolo é stato pubblicato sul giornale italiano Il Manifesto il giorno11 luglio 2009
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«Possiamo affermare che il virus A/H1N1 non ha come origine il nostro paese», ha affermato di recente l’ambasciatore messicano in Italia, Jorge Chen. In un’intervista nel numero di giugno del giornale in lingua italiana «Il Sole d’Italia», distribuito a Playa del Carmen, sulla costa dei Caraibi messicani, il diplomatico dice che il primo caso d’influenza suina è stato registrato nel novembre del 2008 in Spagna. Spiega: «un documento pubblicato da Eurosurveillance, reperibile anche sul sito del Centro Nazionale di Epidemiologia, Sorveglianza e Promozione della Salute italiano, informa che nel novembre 2008 le autorità sanitarie spagnole hanno segnalato un caso umano di influenza suina del tipo A(H1N1) in una donna di 50 anni residente in un villaggio vicino a Teruel, in Aragona». Continua Chen: «L’informazione è apparsa il 19 febbraio 2009, contemporanea all’insorgere dei primi casi in Messico, il che consente di affermare che la fonte del contagio non si trova nel paese», cioè in Messico. Consultato telefonicamente, il rappresentante messicano a Roma conferma le sue dichiarazioni, ma rifiuta di commentare il fatto che in Messico questa notizia non sia stata diffusa. «Sarebbe speculativo dare una ragione per la quale il governo messicano non ha gestito pubblicamente quest’informazione... per cui è meglio che non dica niente», afferma: «Ho notificato tutto alle autorità messicane».
Il documento cui si riferisce Jorge Chen è in effetti in rete sul sito di Eurosurveillance, «un giornale di accesso e interscambio libero» sul controllo e prevenzione di malattie contagiose in Europa. Il 9 febbraio scorso la dottoressa Begoña Adiego Sancho, della Direzione generale di salute pubblica di Zaragoza, Spagna, aveva inviato a Eurosurveillance uno studio poi pubblicato il 19 dello stesso mese. Vi si legge che «l’8 novembre 2008 una donna di cinquant’anni ha sviluppato all’improvviso febbre, stanchezza estrema, mal di testa, irritazione alle mucose e brividi». La paziente, si piega, «non aveva viaggiato di recente», ma «lavorava in una fattoria suina a conduzione familiare ed è stata esposta in modo diretto agli animali». Dopo diverse analisi infine,, il 13 gennaio 2009 il Laboratorio Nazionale di Riferimento per l’Influenza dichiarava ufficialmente che il caso era dovuto a un virus suino di tipo A e sottotipo H1N1. E anche se «alla data della pubblicazione di questo studio non si sono verificati altri casi simili, secondo il regolamento sanitario internazionale (Ihr, 2005), l’episodio è stato segnalato all’Organizzazione Mondiale della Sanità come un caso d’influenza causato da un virus diverso da quelli che circolano nell’uomo». Lo studio concludeva: «L’evento non si può considerare inaspettato e non rappresenta un pericolo per la salute pubblica». Eppure lo stesso giorno il sito di Eurosurveillance pubblicava un altro documento, firmato dal dottor Nicoll del Centro Europeo di Prevenzione e Controllo di Malattie: affermava che «nonostante il caso spagnolo dimostra il basso tasso di pericolosità per la salute umana dei virus suini, dimostra anche l’importante lacuna informativa di questo tipo di influenza». In altre parole, «la reale incidenza dell’influenza suina è sconosciuta (...) ma è probabile che sia elevata». Il ricercatore svedese, concludeva che «abbiamo due problemi: il primo è che sinora la ricerca si è concentrata solo sui virus di tipo aviario; il secondo è che sebbene il sistema immunitario umano protegga in genere da virus di tipo H1 e H3, non sappiamo come questi virus evolvano negli animali».